Erase una vez...  
Erase una vez
 
En el planeta Miau, los gatos están celosos de los perros, porque los niños los prefieren como mascotas, así que deciden raptar a todos los perros y ser solo ellos, las mascotas de los niños.
Flufy, un gato bueno, se hace amigo de un cachorro huérfano, pero es descubierto.
Los Gatos Supremos, le destierran al planeta de los niños despojándole de su maullido, y le ponen una condición para poder volver a su casa:

¡Raptar a muchos, muchos, muchos perritos!


Trusky se había quedado dormida bajo un árbol y al despertar, no encontró a su perro Tragón.
– ¡Tragón! ¡Tragón! –llamó Trusky.
Pero Tragón no respondió.Trusky y Conejo
– ¿Por qué gritas tanto niña? –preguntó    Conejo.
– Me llamo Trusky, ¿y tú? –preguntó a su vez
   Trusky.
– Conejo –respondió el conejo.
– Ya sé que eres un conejo, pero, ¿cómo
   te llamas? –insistió Trusky.
– Conejo. Soy un conejo y me llamo Conejo. Pero no me has    contestado. ¿Por qué gritas tanto? –preguntó Conejo de nuevo.
   Me has despertado.
– Tragón ha desaparecido, es mi perro –contestó Trusky afligida.
– ¡Mmm! –murmuró el conejo.
– Es muy raro, él nunca se separa de mí –dijo la niña con voz    triste y preocupada.
– ¡Mmm! –murmuró de nuevo el conejo.
– ¿Te pasa algo Conejo? Estás distraído –dijo Trusky.
– Estoy pensando –respondió pensativo Conejo.
– Bueno. Yo seguiré buscándole –se despidió Trusky.
– Espera, quizá... ¡Flufy! Es cosa de Flufy, el gato desterrado.
   Dicen que lo han visto por aquí –dijo el conejo.
– ¿Y sabes dónde se esconde? Tengo que encontrarlo –preguntó    Trusky.
– Su escondite está lejos, pero no te preocupes Trusky, entre todos te    ayudaremos a encontrar a Tragón. ¡Sígueme! –respondió Conejo.
Trusky siguió a Conejo hasta llegar a un sendero.
– Bueno Trusky. Ahora tendrás que continuar tú sola, no puedo salir    de mi reino –explicó Conejo a la niña. Sigue el sendero,    encontrarás un río; allí busca a Tortuga, ella te ayudará. ¡Suerte!
– Gracias Conejo –se despidió Trusky.
– ¡Tortuga! ¡Tortuga! Soy Trusky, me envía
   Conejo –llamaba Trusky.
– ¿Trusky? Ah, eres tú. Buscas aTortuga
   Tragón, ¿eh? –respondió Tortuga.
– ¿Cómo lo sabes? –preguntó la niña sorprendida.
– Este bosque es mágico, no hay secretos
   para nosotros –explicó Tortuga sonriendo.
– Conejo dice que Flufy ha raptado a Tragón –dijo Trusky.
– Flufy rapta a todos los perros. Solo así podrá volver a su
   casa y recuperar el maullido –respondió Tortuga.
– ¿Me llevarás hasta su escondite? –preguntó la niña.
– No puedo –se disculpó Tortuga. Mi territorio acaba al otro    lado del río, pero te indicaré el camino: Cruza el río y camina    recto hasta que caiga la noche, entonces busca a las ardillas, ellas te    ayudarán.
– Pero yo soy muy pequeña, no puedo cruzar el río sola –se asustó    Trusky.
– Ven, sube a mi caparazón y cógete a mis orejas, yo te llevaré a la    otra orilla –dijo Tortuga.
– Las tortugas no tienen orejas –respondió Trusky sonriendo.
– ¡Hum! –murmuró Tortuga. Pues cógete a mi cuello, pero sin    apretar mucho. ¡Allá vamos!...
– Gracias Tortuga, pero no sé tu nombre –dijo Trusky.
– Me llamo Tortuga –respondió Tortuga, y viendo su carita... Sí, soy    una tortuga y me llamo Tortuga.
Haciendo caso a Tortuga, Trusky caminó en línea recta hasta que se hizo de noche.
– ¡Ardillas! ¡Ardillas! –llamaba Trusky.
– ¿Por qué nos llamas? Es muy tarde y estamos durmiendo. ¿Tú no    duermes? –respondió una pequeña ardilla.
– No puedo, tengo que encontrar a Tragón. Tortuga me dijo que al    caer la noche os buscara –respondió Trusky.
– Bueno, dormiremos más tarde, pero tú tienes que dormir, eres
   una niña pequeña –dijo la pequeña ardilla. Tengo una idea.
   Dile, Dili, Dilo y Dilu nos ayudarán.ll
– ¿Quiénes son? –preguntó Trusky.
– Mis hermanas ardillas –respondió la ardilla.
– ¡Oh! ¡Tenéis nombre! –se sorprendió Trusky.
– Sí, el mío es Dila. Iré a buscarlas, no te muevas de aquí –contestó    la ardilla Dila.
Apenas un minuto más tarde aparecieron las cinco ardillas.
Dila llevaba la voz cantante.
– ¿Atentas? –preguntó Dila a sus hermanitas.
– Sí, Dila –contestaron a coro éstas.
– Dile, Dili, una al lado de la otra –dijo Dila. Ardillas
   Dilo, Dilu, vosotras detrás.
   Trusky, tú súbete a sus lomos.
   Dile, pon tu cola bajo la cabeza de Trusky,
   será su almohada.
   Dili, Dilo, Dilu, vuestra cola será su manta.
   ¡Perfecto!
   Ahora, descansa Trusky. Yo guiaré la expedición hacia la Gran    Montaña. Izquierda, derecha. Izquierda, derecha. Uno, dos, uno    dos, uno, dos, uno, dos...
Después de una larga noche de viaje...
– Despierta Trusky, hemos llegado a la Gran Montaña –dijo la    pequeña ardilla.
– Buenos días ardillas –saludó Trusky despertando.
– Somos ardillas, pero tenemos nombre –protestó Dila.
– Es cierto –se disculpó Trusky.
   Buenos días Dila.
   Buenos días Dile.
   Buenos días Dili.
   Buenos días Dilo.
   Buenos días Dilu.
– Buenos días Trusky –contestaron a la vez las cinco hermanas.
– Detrás de la Gran Montaña, está el escondite de Flufy –dijo Dila.    Nosotras tenemos que irnos, pero Avestruz te ayudará.
– ¡Avestruz! ¡Avestruz! ¿Dónde estás? –llamó Trusky haciendo caso    a las ardillas.
– Encima de ti, mira al cielo –respondió Avestruz.
– Tengo que ir al otro lado de la Gran Montaña, el
   escondite de... –comenzó a decir Trusky.
– Basta, basta, basta... Lo sé todo –la interrumpió Avestruz.
   Yo te ayudaré a atravesar la Gran Montaña.
   Ven, súbete y cógete muy fuerte a mi cuello.
   Tendremos que luchar contra un viento muy Trusky con Avestruz
   fuerte, pero no olvides esto:
   Nunca te cojas a mis alas. No podría volar y nos    caeríamos las dos.
– Las avestruces no vuelan –dijo Trusky sin    entender.
– Este bosque es... –comenzó a decir Avestruz.
– No me lo digas –la interrumpió Trusky. Es    mágico.
– Así es. ¡A volar! –dijo Avestruz emprendiendo el vuelo.
Fue un largo y duro viaje. El viento soplaba fuerte, pero Trusky estaba feliz. Muy pronto encontraría a Tragón.
– Hemos llegado. Ahora, tendrás que seguir tú sola. Estás muy cerca    del escondite de Flufy –se despidió Avestruz.
– Sé que eres un avestruz, pero ¿cómo te llamas? –preguntó la niña.
– Me llamo Avestruz –dijo el avestruz mientras emprendía el vuelo. Trusky miró a su alrededor. Oía algo... ¿Ladridos?
De pronto, vio como muchos perros corrían hacia ella.
– No os marchéis, esperad –les pidió Trusky.
– No podemos pararnos, tenemos que regresar a nuestras
   casas –respondió un perrito.
– ¿De dónde venís? –preguntó la niña.
– Flufy nos ha liberado –respondió otro perrito que corría hacia su    casa.
– ¿Habéis visto a Tragón? –preguntó inquieta Trusky.
– Se ha quedado con él –contestó otro perro. Flufy está muy triste y    solo, y Tragón no ha querido irse.
– ¿Dónde está su escondite? –preguntó Trusky.
– Al final del camino está la cueva de Flufy –respondió otro perrito    que pasaba por allí.
Trusky comenzó a correr.
– ¡Tragón! ¡Tragón! –gritaba la niña mientras corría.
Por fin, divisó la cueva.
– ¡Tragón! ¡Tragón! –repetía Trusky.
¿Era él? Un perro corría hacia ella. ¡Era él! ¡Tragón!
– ¡Te he encontrado! –decía Trusky riendo y abrazando a su    amiguito. Ven, vamos a casa.
Pero Tragón la miraba en silencio.
– ¿Qué te pasa? ¿No estás contento de verme? –preguntó Trusky con    voz muy bajita.
– Sí, mucho. Pero... estoy triste –respondió Tragón.
   Flufy no es malo, no ha querido raptar a los perros y ahora no
   podrá volver a su casa ni podrá volver a maullar.
– ¿Nunca podrá volver a su casa? –preguntó con asombro Trusky.
– Nunca –respondió con la mirada gacha Tragón.
– ¿Y nunca podrá volver a maullar? –continuó Trusky.
– Podría hacerlo, pero... una niña tendría que quererlo
   mucho –explicó Tragón.
– ¡Hum! –exclamó Trusky pensativa.
– Una niña, que tuviera un perro como amigo, y...
– ¡Humm! –repitió Trusky.
– ... y llevarle a casa... los tres
   juntos... –continuó Tragón.Trusky, Tragón y Flufy
Se hizo un silencio.
Al fondo, Flufy les miraba con ojos tristes.
Trusky miraba a Flufy mientras pensaba.
– Tragón, vamos a casa –dijo Trusky.
– ¿Tú y yo? –preguntó Tragón mirándola    expectante.
– Tú, Flufy y yo –respondió sonriendo Trusky.
En medio del bosque, de repente se oyó:

¡MIAUUUUUUUUU!
  FIN
 
  C. Sánchez - 2004